7.5.08

Los cosacos Zaporogos le escriben una carta al Sultán de Turquía

Estoy cansadísima de las habituales colecciones de/sobre pintura. Me refiero a esas colecciones que a modo de cualquier relación de fascículos se promocionan a principio de curso en la tele o se "regalan" con los periódicos los fines de semana -la última, creo, es la del periódico Público-. No se trata de la calidad de los libros en sí, que muchas veces no es gran cosa, sino por la reiteración en los nombres. En cuanto ves el anuncio, casi puedes recitar de carrerilla el 90% de los autores que recogerá la dichosa colección, aparentemente lógico, son los grandes nombres y van dirigidos a un público no especializado.

Pues vale, pero resulta cansino. De manera que en los últimos tiempos me he dedicado a utilizar esos libros como si fueran apuntes y a fijarme más en los alrededores del autor que del autor en sí mismo, sus amigos, sus maestros, sus discípulos y a ir recorriendo, como un río, dejándome llevar de un nombre a otro.

Y así, dando vueltas -e internet mediante, bendito sea-, me pregunto si no sería interesante poder encontrar en nuestras librerías algún libro digno de un autor como el ucraniano Ilyá Repin, muy reconocido en Rusia y a medio camino entre el clasicismo, la crónica social, el retrato, la ilustración -me lo imagino ilustrando La Isla del Tesoro, mmm...-

En su obra hay algunas joyas, como la que da título a esta entrada, en la que trabajó nada menos que durante 21 años, con continuos viajes e investigaciones sobre el tema hasta conseguir captar su esencia y sentir que, por fin, el trabajo estaba terminado.

Otro día, más.